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Imponderables

Editorial

La reforma constitucional francesa, que integra el derecho o libertad para abortar al texto legal máximo de la República por antonomasia, ofrece oportunidades invaluables para el análisis de la teorética y la práctica de la Constitución y, sobre todo, de los Derechos Humanos.

La paralizante “ficción de los derechos infinitos” de la que ha hablado Cayetana Álvarez de Toledo recientemente vuelve por sus fueros. Al pretender que existe libertad fundamental semejante, la ponderación entre valores se torna complicadísima: nadie parece discutir, en el gobierno de Emmanuel Macron, que el ser humano en situación intrauterina posee un cierto valor y, quizás, hasta un derecho a nacer, pero tampoco que tal valor y tal derecho se hallan subordinados a la ley, instrumento que formal y materialmente “determinará las condiciones en las que se ejerce la libertad garantizada a la mujer para recurrir a la interrupción voluntaria de su embarazo”.

Dejando a un lado legicentrismo semejante, que relaja al brazo legal la toma de determinaciones fundamentales, es claro que Occidente trata de rescatar valores y entendimientos arando en el mar, trazando castillos en el aire. La Constitución debe ser un “campo de juego, ese mínimo compartible que permite el pluralismo político” y no un “campo de batalla” (Pablo de Lora dixit) entre imponderables excluyentes, agregamos nosotros.

Imponer visiones que “la ley” puede ampliar o restringir tanto como quiera es deshacerse del valor vinculante directo que la Constitución debe poseer y se traduce en la pretensión excluyente del diálogo y el consenso. Interpretaciones integristas del precepto tornarán inviable, por ejemplo, el ejercicio de la objeción de conciencia por parte del personal médico. Nuestro sistema, basado en la ponderación de principios y en el aquilatamiento de circunstancias y coyunturas diversas, se tornará -de nuevo, por lo demás, como una y otra vez ha ocurrido desde 1789- en monista e impositivo: hasta aquí has llegado en tu valoración, porque ya decidió por ti el legislador, en cualquier supuesto y para cualquier circunstancia imaginable. La Constitución deja de ser espacio dignificante de discusión y se convierte en arrebato gesticulante de imposición. Algo que ni el más autoritario constituyente decimonónico se habría permitido.

Ante semejante “aborto de los derechos” (otra vez De Lora) extrapolable a cualquier prerrogativa aparentemente fundamental que usted, amable lectora, quiera imaginar, no cabe sino volver a la objeción que nuestra colaboradora Diana Gamboa ha subrayado en múltiples ocasiones: llamar derecho a lo que no lo es abre las puertas al legislador para que conculque la dignidad humana en cualquiera de sus expresiones. Ante tantas reformas constitucionales que se otean en el horizonte mexicano, recomendamos reflexionar y nos congratulamos en brindar a ustedes las reflexiones de quienes, como María del Carmen Ordóñez en este número, saben que el esfuerzo debe centrarse en mantener cual Tiempo de Derechos una época que tiende, peligrosamente, al capricho legolátrico y, en última instancia, inconstitucional.

© 2024, Tiempo de Derechos una publicación de: Fundación Aguirre, Azuela, Chávez, Jáuregui Pro-Derechos Humanos A.C.

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