El 20 de junio el mundo se detiene, aunque sea un instante, para recordar a las más de cien millones de personas que en este momento viven desplazadas de sus hogares. Se conmemora el Día Mundial del Refugiado, una fecha que la ONU instauró para poner rostro y nombre a una crisis que las cifras, por sí solas, ya no consiguen abarcar. Este año, además, el calendario ofrece una coincidencia que sería imposible ignorar, pues el planeta vuelve a congregarse en torno a una Copa del Mundo; y hay algo en esa superposición, la fiesta del fútbol sobre el dolor del desarraigo, que merece ser mirada de frente.
Porque el fútbol y el refugio comparten, quizás sin quererlo, un mismo vocabulario. En ambos hay esperas, huidas, campos a los que uno llega sin saber muy bien qué encontrará al otro lado. Y en esa intersección improbable han surgido algunas de las historias más poderosas que el deporte puede ofrecer. Jugadores que conocieron la guerra antes que el vestuario, que durmieron en campamentos de refugiados antes que en hoteles de cinco estrellas, y que aun así (o precisamente por eso) acabaron representando a un país en el torneo más visto del mundo. Así, encontramos a algunas leyendas de sus selecciones.
Luka Modric. De ser una persona refugiada a convertirse en el mejor jugador del planeta al ganar el Balón de Oro.
En 1991 los nacionalistas serbios arrasaron el pueblo. Su abuelo, que cuidaba las tierras a apenas quinientos metros de la casa familiar, fue asesinado. Esa misma noche su madre tomó a sus hijos y huyó por los bosques hacia Zadar. Su padre ya estaba en el frente, pues se alistó en el ejército croata cuando empezó la guerra.
Lo que vino después fue el limbo de los desplazados. Hoteles convertidos en refugios. Fue en aquellos hoteles donde Modric empezó a entrenar de forma obsesiva. Un entrenador del NK Zadar, que se hospedaba en el mismo edificio, escuchó que había un niño que dormía con su balón de fútbol: fue a verle y lo que vio le bastó.
De ese aparcamiento salió uno de los mejores mediocampistas de la historia. Cinco Copas del Mundo disputadas con Croacia, incluyendo la de 2026 (2006, 2014, 2018 y 2022), desde el debut como suplente en Alemania 2006 hasta la épica semifinal de Rusia 2018, donde su selección llegó a la final; seis Ligas de Campeones con el Real Madrid; un Balón de Oro que rompió el monopolio de Messi y Cristiano Ronaldo. Pero hay una frase suya que lo dice todo, pronunciada cuando llegó al Tottenham y alguien le preguntó si le costaría adaptarse al fútbol inglés, demasiado físico: “Jugué en Bosnia. Quien juega en Bosnia, juega en cualquier lugar.” Modric nunca necesitó que le recordaran de dónde venía. Lo llevaba tatuado por dentro.
Alphonso Davies
El 23 de noviembre de 2022, en el estadio Ahmad bin Ali de Qatar, Alphonso Davies marcó el primer gol de la historia de Canadá en una Copa del Mundo. Era el minuto cuatro del partido. La selección canadiense llevaba 36 años sin clasificarse para un Mundial, y el hombre encargado de escribir ese capítulo había nacido en un campo de refugiados.
El 2 de noviembre de 2000, nació Alphonso en el campo de refugiados de Buduburam en Ghana. Sus padres, originarios de Liberia, huyeron de la Segunda Guerra Civil Liberiana para salvar sus vidas, estableciéndose en dicho refugio antes de reasentarse en Canadá a los cinco años, donde encontró seguridad y oportunidades para destacar en el fútbol.
Pasó sus primeros cinco años en ese campamento. Su familia apenas hablaba de ello. “Solo querían que fuéramos felices”, dijo él en una entrevista años después. En 2005 el programa de reasentamiento de Naciones Unidas les ofreció una plaza en Canadá. Primero Windsor, luego Edmonton. El frío canadiense fue el primer choque cultural: la nieve, el primer asombro, pero había algo que Alphonso hacía igual en cualquier latitud, y eso era correr.
A los 14 años fichó por el Vancouver Whitecaps. A los 15 debutó en la MLS, convirtiéndose en el jugador más joven en hacerlo en esa liga. A los 18, el Bayern de Múnich pagó una cifra récord por sus servicios. Desde entonces ha ganado la Bundesliga, la Copa de Alemania y la Liga de Campeones. Se ha convertido en Embajador de Buena Voluntad de la ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados, precisamente porque entiende lo que significa ese título de primera mano.
Cuando anotó aquel gol en Qatar escribió en sus redes: “Se suponía que un niño nacido en un campo de refugiados no podría lograrlo. Pero aquí estamos.”
Eduardo Camavinga. La guerra del Congo y un nacimiento entre tiendas de campaña
La segunda guerra de la República Democrática del Congo es, según los registros históricos, el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial. Más de cuatro millones de muertos entre 1998 y 2003. En ese infierno una familia huyó hacia el oeste, cruzó la frontera y llegó a Cabinda, un enclave angoleño rodeado por el propio Congo. En el campo de refugiados, sin más techo que una lona y sin más certeza que la de estar vivos, nació Eduardo Camavinga el 10 de noviembre de 2002.
Un año después, sus padres consiguieron lo que tantos refugiados ansían y pocos obtienen, un visado para Francia. La infancia de Eduardo estuvo marcada por la escasez y el trabajo duro de sus padres. Lo que el niño tenía, y nadie podía quitarle, era una pelota. Su madre lo inscribió en el equipo local porque rompía todo en casa jugando. A los 16 años debutó en la Ligue 1 con el Stade Rennais, convirtiéndose en uno de los debutantes más jóvenes de la historia del campeonato francés. A los 17, fue convocado por la selección de Francia y marcó en su primer partido como titular. En 2021, con 18 años, fue adquirido por el Real Madrid, equipo con el que ha ganado ya dos Ligas de Campeones.
Camavinga ha sido una de las figuras de la selección francesa en las últimas ediciones del Mundial. En Qatar 2022 Francia llegó a la final. El centrocampista que nació en un campo de refugiados contribuyó desde el centro del campo a un recorrido que dejó al mundo sin aliento. “El fútbol siempre me permitió escapar de mi realidad”, dijo en una entrevista con la Comisión de Refugiados de la ONU. “Y hoy, como profesional, puedo darles una mejor vida tras todo lo que vivimos.”
El Día Mundial del Refugiado no es solo una fecha de conmemoración. Es también una invitación a pensar qué significa el refugio, y quién lo otorga. A veces es un campo de la ACNUR, a veces es una ciudad que abre sus fronteras y, a veces también, es un aparcamiento con un balón y un entrenador que tiene la intuición de mirar a un niño a los ojos y ver en ellos algo que va más allá del miedo.
Este junio, mientras los estadios se llenan de banderas y se habla de restricciones migratorias, vale la pena recordar que algunos de los hombres que más ha aplaudido el mundo empezaron su historia huyendo. Y que si tuvieron la oportunidad de quedarse, fue porque alguien, en algún momento, decidió que valía la pena.
El 20 de junio se celebra el Día Mundial del Refugiado, instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en el año 2000. Según la ACNUR, en 2024 más de 122 millones de personas en el mundo se encontraban desplazadas forzosamente de sus hogares.
