“¡A todos los que quieren y aman el futbol!”
Ángel Fernández.
Exordio
Don Rafael Pérez Gay —el genial Gil Gamés en las páginas de Milenio— y su hijo Alonso, intelectuales de vanguardia y vecinos cotidianos en las mesas del restaurante Xel-Ha, me obsequiaron el libro editado por Cal y Arena titulado De futbol somos. Escenas, crónicas y estampas de México en los mundiales y los mundiales en México.
La obra, coordinada por el propio Alonso junto con Mauricio García, reúne más de 20 ensayos y crónicas de muy admiradas y respetadas personalidades del periodismo deportivo y de las letras. Entre ellas, Juan Villoro, quien recientemente publicó el libro Los héroes numerados, donde expone el profundo significado e impacto social y cultural del balompié, a través de once relatos que lanza al terreno de juego con su pluma magistral.
Estas lecturas me han tocado la razón y el corazón al hacerme recordar diversos episodios de mi vida vinculados con el futbol. Por este motivo decidí escribir tan solo algunos de los más reveladores, sin la menor intención de competir con aquellos maestros, pero sí como un ejercicio de catarsis, nostalgia y esperanza.
Además, porque corren el riesgo de empezar a desvanecerse de mi memoria ante mi próximo arribo a la tercera edad, habida cuenta que la de este año es la decimoquinta competición ecuménica que atestiguaré.
Infancia, juventud y pasión
Desde los tres años parte esencial de mi existencia ha girado en torno del deporte universal. ¡Siempre futbol! ¡Siempre el Cruz Azul! Equipo que me hizo tener una infancia de felicidad, que ya de adulto se transformaría en aciaga ante varias finales perdidas. ¡Siempre la Selección Mexicana! Nunca me entretuve con carritos, muñecos heroicos, bicicleta, patineta, ni con algún otro juguete que, en los años setenta, atraían a los niños. Hasta un tren eléctrico sofisticado, ignoré. Mucho menos pude integrarme al tochito que mis primos organizaban en la cerrada de Playa Tambuco, en la colonia Marte. A las intensas y amenas coladeritas que ahí se armaban en ocasiones sí me sumé.
Casi nada me interesaba más que el futbol: escucharlo en la radio y verlo por la televisión con las narraciones de Fernando Marcos, el Che Ventura, Teodoro Cano, Agustín González Escopeta, Eduardo Andrade, Juan Dosal, Roberto Guerrero, Enrique Bermúdez y Roberto Hernández, entre otros expertos y memorables cronistas; examinar la sección deportiva del Excélsior y comprar los lunes el periódico ESTO de color sepia que concentraba maravillosamente los datos estadísticos de la semana —no existía internet—; asistir al Estadio Azteca —de menos trataba de no perderme el Cruz Azul contra América—, y seguir a mis ídolos cementeros del cuadro de la década, comenzando por Miguel Marín, su magnífico portero llegado del Vélez Sarsfield de Argentina, en diciembre de 1971.
El Superman o el Gato Marín, como lo bautizara el inolvidable Ángel Fernández, gozaba de reflejos felinos excepcionales y volaba por toda el área para atajar el balón; sus despejes de manos podían rebasar la media cancha y con los pies eran el inicio de auténticas ofensivas que no pocas veces terminaban en gol; irradiaba temple y lo distinguía su genuina bonhomía.
Era tan potente su carisma que hasta algunos de mis amigos del Instituto Técnico y Cultural, seguidores de los entonces cremas, canarios o millonetas del América, a la hora de jugar con la pelota en el recreo o en el parque de Pilares en la colonia Del Valle, pedían o reclamaban para sí asumir el nombre del arquero argentino. Ello revelaba el enorme impacto del epónimo cancerbero celeste entre aficionados de toda militancia y no sólo con los cruzazulinos. Y sí, parafraseando a mi paisano Ramón López Velarde, me atrevo a decir que Miguel Marín ha sido en México el único guardameta a la altura del arte.
Cruz Azul logró ser campeón en cinco torneos anuales, magníficamente dirigido por Raúl Cárdenas en el tricampeonato de 1971 a 1974: venció 4 a 1 al América; luego, 3 a 2 al León, y finalmente 4 a 2 al Atlético Español. Y, después, por el legendario Nacho Trelles en el bicampeonato de 1978 a 1980: derrotó 2 a 0 a la UNAM y 4 a 3 a los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Incluso, a punto estuvo de obtener su segundo tricampeonato, pero se cruzó nuevamente contra los Pumas que ganaron 4 a 2, con un gol de Hugo Sánchez, quien en esa final de 1981 cumplió su último partido en México antes de partir a su exitoso periplo por España.
En los setenta, los nombres de Marín y Meza, en el arco; Flores, Guzmán, Quintano, Cornero, Rubio, Viveros, Sánchez Galindo, Toribio y López Malo, en la defensa; Pulido, Victorino, Gómez, Estrada, Alejandrez, Andrade, Jara Saguier, Mendizabal y Lugo, en la media cancha; y, Bustos, Muciño, López Salgado, Vera, Camacho, Ceballos y Montoya, en la delantera, encarnaron una pléyade de excelsos deportistas que se desempeñaban a modo de una auténtica máquina y posicionaron a Cruz Azul, a la par de Guadalajara y América, entre los tres grandes del balompié nacional.
Carlos Reinoso, máximo ídolo del América y extraordinario mediocampista que llegó de Chile, en un gesto de objetividad y honestidad que mucho lo honra, en año reciente declaró que en México nunca ha visto a un mejor conjunto que el Cruz Azul de los setenta.
Por ahí de mis once años, acompañando a mi papá a una cena en el restaurante El Chalet Italiano, que se ubicaba en la calle de Río Támesis, aquel futbolista arribó a una mesa cercana junto con dos beldades. Más allá de que alineara en el “odiado” rival, me emocionó el encontrarme tan próximo a una de las estrellas del momento por su técnica excelsa, visión de juego, fuerte pegada y liderazgo; y, también, porque su intensa vida personal nutría las páginas de algunas revistas de espectáculos.
Mi padre me dio una tarjeta y su pluma fuente y me conminó a pedir un autógrafo al afamado mediocampista. Al principio no quise hacerlo porque éste era del América. Nino Bargagli, quien nos convidó esa noche, me explicó que el verdadero aficionado debía saber reconocer la grandeza aun en los jugadores rivales. Me acerqué, entonces, a Reinoso, quien me saludó con una cordialidad inesperada y obsequió su rúbrica. Me atreví a expresarle que yo era seguidor del Cruz Azul y que admiraba su calidad, en especial cuando le tiraba a Marín y este le atajaba sus disparos con lances espectaculares —ambos personajes consolidaron el arraigo del clásico joven, como se conoce a los duelos entre aquellos equipos—.
Al regresar a mi mesa, además de enseñarles el autógrafo, a mis contertulios bromee diciéndoles que Reinoso me había pedido que mi padre le pagara su cuenta. Los tres reímos y luego ellos continuaron su conversación sobre el complicado cierre del sexenio de Echeverría, la terrible influencia que éste pretendía tener sobre el nuevo gobierno y hasta el Maximato de Calles citaron. Yo, mientras degustaba un espagueti a la boloñesa, discretamente volvía la mirada hacia la mesa del americanista, no solo por gratitud sino también para admirar, desde mi condición de preadolescente, a sus dos atractivas invitadas.
Una de mis gestas infantiles más importantes, casi a los trece años, ocurrió un domingo de junio que me formé desde las ocho de la mañana en la puerta respectiva del Estadio Azteca para intentar ingresar de recogebalones al campo, durante un duelo de liguilla entre Cruz Azul y el Atlético Potosino que se disputaría al medio día. La suerte estuvo de mi lado porque no llegó uno de los niños designado para esta tarea. Era un día de buena fortuna pues, además, me ubicaron al lado de la banca de mi equipo. Las sensaciones fueron increíbles: primero, al contemplar desde la cancha la majestuosidad del Coloso de Santa Úrsula sentí algo similar al síndrome de Stendhal; y, después, al encontrarme prácticamente junto a mis ídolos.
Cuando era inminente el silbatazo final del primer tiempo, no pude contener el impulso de acercarme a saludar a don Nacho Trelles que permanecía sentado contiguo a Rubén Maturano, el preparador físico. He de confesar que el técnico leyenda apenas me estrechó la mano y ni una mirada me dedicó. Lucía malhumorado. Aun así, tuve una alucinación semejante de haber estado, siquiera por un instante, ¡frente a Dios! A Marín apenas lo alcancé cuando este corría rumbo al vestidor una vez concluido el partido. En la prisa y por la emoción no logré decirle nada pero pude estar cerca de Superman por una vez en mi vida, impresionándome su personalidad, estatura y gran volumen físico.
Por supuesto que, entre mis sueños guajiros, anhelé ser futbolista. Sin embargo, mis habilidades eran inversamente proporcionales al nivel de mi pasión, como me lo hizo notar el entrenador infantil, don Salvador Mota, quien en su juventud fue eterno suplente de la Tota Carbajal en la Selección, aun cuando le tocó alinear y recibir cinco goles de Brasil en el Mundial de Suiza 54. No obstante, nunca dejé pasar la oportunidad de echar una “cascarita” pese a que me estorbaban las piernas, por lo que, en honor de Marín —o mejor dicho, en su deshonor—, prefería hacerla de cancerbero.
De mis “hazañas” en el terreno de juego, aún con pena suspiro por el partido de mi selección del Área IV Disciplinas Sociales contra la del Área III Económico Administrativa, durante el tercer año de preparatoria en el Centro Universitario México, que culminamos en 1985.
El interáreas, hacia finales del año escolar, era un clásico que desataba pasión. En tres enfrentamientos se alzaría el campeón de ese grado. El otro finalista saldría del partido entre el Área I Físico Matemáticas y el Área II Químico Biológicas. Teníamos mucha ilusión y mandamos a hacer un uniforme lucidor, consistente en camiseta blanca con ligeras rayas oscuras, pantaloncillo negro y calcetas blancas con ribetes negros, indumentaria semejante a la de Alemania. Por decisión de último momento del profesor de Introducción al Derecho, quien hizo las veces de nuestro director técnico, dejé la portería para jugar de lateral izquierdo —hoy se diría carrilero a perfil cambiado—. Instrucción que recibí con desagrado y como un mal presagio.
En una tarde nublada y con ligera llovizna típica del mes de mayo, nos fuimos arriba en el marcador y la esperanza floreció. Mas casi para concluir el primer lapso y encontrándome en media cancha, desde mi banda corrí como bólido en diagonal hacía mi arco para cubrir un pase filtrado que rebasó a nuestro defensa central. Llegué al balón antes que el delantero rival pateándolo con tan buen toque y tino que lo coloqué fuerte, raso y pegadito al poste derecho de mi portero. Ahí donde los topos tienen su guarida, diría un clásico locutor. Obvio, fui relevado para la segunda mitad. Caímos eliminados 2 a 1. Mi equipo no me reprochó nada haciendo aún más dolorosa mi vergüenza deportiva por ese tremendo autogol.
Al poco tiempo, ya en la Facultad de Derecho de la UNAM, un grupo de intrépidos compañeros decidimos conformar un combinado con el nombre de Osasuna, en honor al club español que se llevó a Javier Aguirre después del Mundial México 86. Empezaba el futbol siete en pasto. Inscritos en el torneo del Club Terranova aledaño a Ciudad Universitaria, nuestro atuendo era el más elegante: camiseta roja y calzón azul de la marca Le Coq Sportif. Pero éramos más malos que el peor Atlante conocido y, tiro por viaje, salíamos goleados.
Nuestro último partido de la temporada terminó en tremenda batalla campal, un domingo por ahí del mediodía. Yo alineé de arquero y no tuve mayor fricción con los rivales. Mas por querer defender a un coequipero y meter paz, saqué más, tal cual reza el refrán.
En ese club éramos visitantes permanentes por lo que la riña fue entre siete u ocho de nosotros contra unas 30 personas: jugadores contrarios y sus familiares y amigos que estaban en la tribuna. Al principio, medio me la fui rifando con dos o tres adversarios. Luego, se me aventaron como diez y me tumbaron y patearon a discreción por dos o tres minutos que me parecieron eternos. Nomás les faltó zapatear un Jarabe Tapatío sobre mi cuerpo. Un ejemplo de la cobardía con la que actúan los individuos al saberse en el anonimato de una multitud, pero que en un tête à tête seguro se amilanarían.
Hecho “bolita” en la grama para intentar cubrirme, además de los puntapiés sentí miedo acerca de lo que estaría ocurriendo a mis camaradas. Más aún cuando un señor pidió a gritos que cesaran de golpearme porque me iban a matar. Ante esta advertencia que a todos generó temor, las hostilidades se detuvieron de inmediato. Me dieron atención básica y, pese a la santa “madriza”, como torero corneado y abrazando mi estómago por el dolor, con dignidad me puse de pie y salí caminando —me reconfortó un poco que conservé puestos mis lentes de contacto—. Por fortuna mis amigos salieron indemnes. Siempre les agradeceré que intentaron defenderme sin importar la desventaja numérica en la que nos encontrábamos.
En casa me cercioré de que no tenía daños graves, más allá que moretones por todo el cuerpo y los labios a punto de reventárseme, por lo que no hubo necesidad de presentar una denuncia formal. Mi padre me habló: “no temo que te pelees, lo que temo es que vayas por la revancha”. Lo escuché con atención y comprendí que mi aventura en el Osasuna y mi carrera de futbolista, a los 20 años, se perfilaba hacia su conclusión.
¡Ah! Pero me quedé con el honor de presumir que, en mi historia dentro del campo de juego, es probable que haya recibido tantas patadas como el mismísimo Hugo Sánchez, aun cuando en mi caso en una sola tarde.
México 70: sueños y desilusiones
México 70 es el primer Mundial que recuerdo, entresueños. La mascota o imagen emblemática del niño Juanito con su sombrerote y el balón de gajos bajo su pie derecho. En especial, guardo imágenes de una mañana soleada de junio en que mi padre me llevó al partido de cuartos de final en Toluca entre la Selección Azteca, ataviada con playera color grana o rojo cereza y calzón oscuro, y la Azzurra de Italia.
Cierro mis ojos —cantaría El Divo de Linares— y veo y oigo a las masas frenéticas con el gol tempranero de La Calaca González, que nos puso arriba en el marcador y en el umbral del delirio y la gloria. A mis casi cuatro años, mi papá me levantó en vilo por encima de su cabeza y me agitó como si fuera una matraca. Yo temía que me quisiera arrojar al empastado ante la emoción que le embargaba. Era ensordecedor el grito de ¡México, México, México! Luego, el Kalimán Guzmán desvió un tiro rival que se anidó en la meta tricolor y empató los cartones.
Al regreso del descanso La Bombonera se convirtió en un velorio tras las tremendas fallas defensivas y de nuestro portero, el galán de fotonovelas Nacho Calderón, rebautizado Coladerón por el respetable después del 4 a 1 que nos endilgaron los italianos. Fueron tres tiros —igual que los recibidos por Rosita Alvírez—: dos de Luigi Riva y otro de Gianni Rivera, que de sopetón mataron la ilusión de la tribuna tricolor y de nuestra siempre sufrida afición.
Si bien el equipo intentó regresar, ya nada más pudieron hacer Peña, Guzmán, Pulido, Vantolrá, Valdivia, González, Munguía, Pérez, Padilla, Fragoso, Díaz ni Borja, a fin de enderezar el barco que naufragó. A pesar del resultado México concluyó en un honroso sexto lugar, en una competición con selecciones que desplegaron una gran calidad futbolística.
El Mundial por primera vez se transmitió en vivo y a color por televisión y lució por su excelente organización y la unidad en lo fundamental de los mexicanos, que supieron hacer transitoriamente a un lado sus legítimas diferencias para recibir con orden, calidez y hospitalidad a los visitantes y mostrar una nación viable, vibrante y con liderazgo en América Latina.
Igual de emotivo es evocar con mi madre que, junto con mi papá, asistió al Estadio Azteca a presenciar el “Partido del Siglo”: Italia 4 contra Alemania 3, con la heroica participación del Kaiser Beckenbauer, quien jugó los tiempos extras con el hombro derecho dislocado y el brazo inmovilizado. La selección germana se ganó la admiración y el aprecio del respetable por su inquebrantable entrega en la cancha.
Días después ambos asistirían a la final en donde Pelé se manifestó a plenitud y anotó con un espectacular cabezazo, en la que sería su última aparición mundialista. El Rey, acompañado de gigantes como Rivelino, Jairzinho, Tostado, Gerson y Carlos Alberto, llevaría al Brasil del Lobo Zagallo a alzarse con la copa Jules Rimet, venciendo 4 a 1 a Italia. Al enorme cariño que los cariocas recibieron de los mexicanos sumariase nuestra gratitud al vengarnos de aquella caída en el Estadio Toluca 70, por idéntico marcador.
Lamento que mi padre ya no viva para preguntarle, entre otras cosas que se me quedaron en el tintero, cómo se hizo de tan preciados boletos de esos tres juegos históricos del México 70 —posiblemente comprometió hasta su alma—, y para reconocerle que haya decidido compartirlos con mi madre.
Años después se divorciaron, pero ese gesto me hace pensar que, durante alguna época, él verdaderamente quiso a mi mamá, pues se me hace difícil concebir un acto más romántico que invitar a la mujer amada a la semifinal y la final del campeonato mundial.
Alemania 74: el futbol total
Cuatro años después, y con casi ocho años de vida, seguí el Mundial de Alemania 74. En mi mente aparece la final en el Estadio Olímpico de Múnich. La anfitriona dirigida por Helmut Schön, con el Kaiser Beckenbauer liderando a jugadorazos de la talla de Maier, Vogts, Breitner, Overath, Bonhof, Grabowski y Müller, remontó y ganó 2 a 1 a Holanda, la tremenda Naranja Mecánica del majestuoso Johan Cruyff, escuadra que transformaría la táctica futbolera con un dinamismo y una verticalidad inéditos y sorprendentes.
Igualmente, brillaría una sorpresiva Polonia con Lato, su centro delantero goleador —quien años después vendría al Atlante—, que alcanzó el tercer lugar derrotando a Brasil que ahí dejó su tricampeonato.
Al modelo deportivo practicado por Holanda bajo la batuta formidable de Rinus Michels, se le denominó Futbol Total. Todos atacaban y defendían con una permanente posesión de balón, destacando el genio, además de Cruyff, de Neeskens, Krol, Rep, los hermanos Van de Kerkhof, Rensenbrik y el guardameta Jongbloed, que detenía sin guantes a manos limpias.
Así, en el aparato Telefunken de mi hogar, en blanco y negro vi varios juegos y otros en la consola con televisión de mi tía Josefina —a quien todo parece indicar debo mi pasión cementera—, que vivía en la casa del fondo en el dúplex que ambas familias habitábamos en la colonia Portales.
En este inmueble había un garaje donde cabían cuatro o cinco autos. Para mí figuraba un enorme campo de futbol para jugar con amigos y familiares. El zaguán era la portería. Casi ningún ser humano podía pasar por ahí sin que me disparara unos penaltis, como fue con mi tío Jesús, que su impecable uniforme de comandante aduanal no lo detenía para chutar el balón. O mi primo Luis Enrique Mercado, quien nos visitaba después de sus clases de periodismo en la Carlos Septién. Y el ya referido Nino Bargagli, amigo inolvidable e ingeniero experto en levantamientos catastrales, que llegaba desde Guadalajara impecablemente vestido y en un Mustang rojo 1968 —cual Mauricio Garcés—.
En el Mundial de Alemania mi edad era aún muy corta para tener la capacidad intelectual de comprender la explicación de mi padre, quien se desesperaba —sin jalarse los cabellos porque era calvo— al intentar disipar mi sorpresa y confusión mientras yo veía en el televisor el encuentro Alemania vs. Alemania. La del Este venció 1 a 0 a la de Occidente. En mis elucubraciones infantiles me resultaba imposible que algún día se diera un México vs. México o un Cruz Azul vs. Cruz Azul.
Ya en mi adolescencia y mientras degustaba con mi progenitor un chamorro al vapor —con chucrut y papa al horno— y un tarro de cerveza de barril, en el restaurante alemán El Hipódromo sito en la colonia Condesa, recordaríamos que el enfrentamiento entre las Alemanias, desde el ámbito del futbol, fue uno de los sucesos más dramáticos de la Guerra Fría, por la tragedia que yacía tras el Muro de Berlín.
No paso por alto el fatídico premundial de la CONCACAF en Haití en 1973, clasificatorio para el Mundial de 1974. Allí el tricolor quedó eliminado por los anfitriones y fuera de la justa alemana, en un contexto de aparente brujería, alcoholismo, desorden deportivo y otras cosas extrañas que, según se dijo, afectó a los ratoncitos verdes —así calificados por el gran periodista Manuel Seyde— en esa isla caribeña. En mi candidez pensé que fue un grave error no haber llevado en la comitiva a El Santo, El Enmascarado de Plata, para que defendiera a nuestros futbolistas de brujas, hechiceras, hombres lobos o cualquier otro tipo de maldad.
Pero la historia revelaría que esa eliminación —y la maldad— tenía que ver con la falta de organización en que iba cayendo el futbol nacional ante la indolencia, la frivolidad, el mercantilismo y la corrupción de sus dirigentes, en particular de la televisora que lo ha controlado. Esta situación acabaría por hacer crisis en Argentina 78 y en el penoso fracaso en el premundial de Honduras en 1981, que nos impidió competir en España 1982, cediendo nuestro lugar de antaño a Honduras y El Salvador —para este Mundial por primera ocasión rivalizarían veinticuatro selecciones, por lo que a la CONCACAF se le abrió un segundo espacio, que México vergonzosamente tampoco pudo cubrir—.
Este desastre, salvo el interregno del México 86, que nos tocó organizar por caso fortuito ante la declinación de Colombia, se prolongaria hasta el asunto de los “cachirules” —se alteraron actas de nacimiento para que algunos seleccionados pasaran por menor edad en un torneo juvenil internacional—, motivo por el cual la FIFA suspendió a México de todo torneo y, con ello, de pelear siquiera en las clasificatorias rumbo a Italia 90.
Sin duda, fue una pena que México no asistiera a Alemania 74, después de no faltar a los seis mundiales de la posguerra celebrados hasta ese entonces: Brasil 50, Suiza 54, Suecia 58, Chile 62, Inglaterra 66 —en julio, un mes antes de mi nacimiento— y México 70.
Vale referir que México no estuvo del todo ausente de Alemania 74: los históricos Alberto Quintano, Carlos Reinoso y Osvaldo Castro, y Juan Rodríguez, del Cruz Azul, América y Atlético Español, respectivamente, destacaron con Chile. Y hubo voces que apuntaron que Miguel Marín debió ser el portero de Argentina; pero en esas épocas el futbol mexicano carecía de mayor exposición internacional para que el Superman fuere tomado en cuenta por su selección.
De este Mundial de Alemania, finalmente, evoco un comercial del Banco Serfin, patrocinador de las transmisiones televisivas. El águila color café que era el emblema o logo institucional se animaba y explicaba a otros pájaros y aves —igual en caricatura, lo que hacía atractivo el anuncio para los niños— los servicios bancarios que ofrecía, con la voz recia y singular prestada por el actor Víctor Alcocer. El anuncio cerraba con un jingle: “Si necesita un servicio bancario venga a ver a Serfin”. Y el águila volvía a su formato original. El vocablo “Serfin”, además, lo asociaba perennemente con el nombre de don Serafín, mi abuelo zacatecano que, con su sombrero de fieltro norteño, sus botines —de los que salían letales punterazos a la esférica— y sus más de 75 años a cuestas, en no pocas ocasiones también me consintió con largas series de penaltis en aquel mi patio infantil.
Argentina 78: la pérdida de la inocencia
El Mundial de Argentina 78 ya me tocó en plena madurez futbolera, casi a los doce años. Antes, en 1977, había disfrutado el premundial efectuado en México, donde nuestro equipo arrasó con todos los rivales de la CONCACAF para asegurar su boleto. Y los dueños del futbol o quienes tenían el control real, léase Televisa, nos hicieron creer que la Selección, comandada por el ex técnico americanista José Antonio Roca, estaba para pelear el campeonato del mundo. ¡Esta esperanza me animó a intentar armar el álbum conmemorativo!
Previa gira intensa de preparación del Tri por Europa para luego tomar rumbo hacia la tierra de Gardel, por diversos medios se nos indicaba que venceríamos a Túnez y a Polonia, mientras que con Alemania sería un partido complicado, con la posibilidad de empatar. ¡Cinco de seis puntos en nuestro grupo! No había duda de que estaríamos en la siguiente ronda de cuartos en la ruta hacia la gloria que nos fuera negada en competiciones anteriores. El pueblo de México tenía que prepararse para “administrar la abundancia” resultante del petróleo —tal cual pontificaba el presidente que prometió defender el peso como un perro—, y también la deportiva que nos depararía el Mundial.
Mas la Selección daría su peor demostración en los mundiales. Todo inició con el más que sorpresivo 3 a 1 que nos propinó Túnez en el Gigante de Arroyito en la ciudad de Rosario, equipo que contaba con unos inesperados y veloces atletas. México concluyó el primer tiempo milagrosamente arriba, con un penal marcado por El Gonini Vázquez Ayala. En el segundo lapso, sin piedad, nos arrastró un vendaval de tres latigazos tunecinos. El buen balompié africano se destapaba y mostraba urbi et orbi a costa de nuestros ratoncitos verdes. ¡Vaya honor!
Se trató de uno de los golpes más duros que recibí en mi niñez. No lloré. Me contuve por pena ante mi madre y mis hermanas, ya que a los hombres de mi generación todavía se nos “enseñaba” a reprimir nuestras emociones: “los hombres no lloran”. Afortunadamente, con el devenir de las primaveras superé esos estereotipos que tanto daño han hecho y descubrí que sí lloramos, no sólo por amoríos como el joven Werther, sino también ante un mal resultado deportivo.
A esa derrota contra el desconocido Túnez se sumaria la tremenda paliza de 6 a 0 que nos propinó Alemania —cuando debieron ser diez o más goles—. En el último juego caímos 3 a 1 contra Polonia. ¡Apa ridículo de la “decepción nacional”!
Familiares de los seleccionados se quejaban en el popular noticiero matutino Hoy Mismo del Canal 2, conducido por el periodista Guillermo Ochoa, de que fueron amenazados y agredidos. Y es que, reitero, los medios, en particular la principal televisora, inflaron el globo del sueño de la victoria tricolor a niveles irracionales. Poco faltó para que aquéllos fueran linchados de regreso al arribar al aeropuerto internacional del entonces Distrito Federal.
De ese tamaño resultó el tristísimo golpe de realidad que el “pueblo bueno” recibió por parte de los jugadores tricolores, entre los que figuraban Mendizábal, Tena, Ramos, De la Torre, Cuéllar, Vázquez Ayala, Lugo, Flores, Medina, López Zarza, Ortega, Rangel y, por supuesto, el Niño de Oro, Hugo Sánchez, quien supo ser resiliente ante este episodio negativo y, con el correr de los años, consagrarse como pentapichichi en España y el mejor futbolista de nuestra historia patria.
Y como de toda desgracia los mexicanos solemos hacer chacota, de sobra conocida es aquella que reza que Pilar Reyes, arquero nacional ejecutado en el primer lapso por tres golazos de la Alemania comandada por un talentosísimo Rummenigge —que por primera vez apareció en un Mundial—, se lesionó para dejar su lugar a Pedro Soto. Éste, al volver al vestidor concluido el segundo tiempo, a su colega guardameta que yacía lastimado le expresó que habían empatado. Ante la algarabía de Reyes que se imaginara un épico 3 a 3, Soto le aclaró que los teutones a él igualmente le clavaron tres. Pues sí, los dos empataron en goles admitidos.
Aun así, con el hermoso balón Tango que engalanó la copa y el “Dance Tango”, melodía que le dio un bello sonido musical, de Argentina 78 conservo imágenes no todas negativas porque no me perdí ninguno de los treinta y ocho partidos, ya que me dio varicela y tuve que reposar varios días sin asistir al colegio, los cuales dediqué al Mundial. Disfruté de la calidad de Rossi de Italia, Cubillas de Perú, Platini de Francia, Neeskens de Holanda, Krankl de Austria y Dirceu de Brasil, quien después tendría un paso efímero por el América, donde se quejó, para remarcar la mala calidad de sus compañeros, que él les pasaba buenos balones en tanto estos le devolvían sandías.
En la televisión traté de seguir las transmisiones desde el emergente Canal 13 y el grupo de comentaristas conducido por el genio de José Ramón Fernández, quien con un estilo fresco y contestatario empezaba a revolucionar la forma de analizar y narrar el futbol. Con Carlos Albert, Raúl Orvañanos, Ignacio Trelles, Antonio Carbajal, Miguel Marín, Benito Pardo, Aarón Padilla, Ignacio Basaguren, Manuel Lapuente, Carlos Peters y Alberto Fabris, armó un tremendo elenco que empezó a desplazar al monopolio de Televisa de las preferencias del público.
Argentina 78 sería el último Mundial con dieciséis combinados, número ideal puesto que solo asistían las principales de cada continente. Para el de 2026 compiten 48 representativos, lo que apunta a convertirse en todo un carnaval más que en una justa de los mejores entre los mejores, como solían ser las copas del mundo.
Dato histórico insoslayable es que el torneo se efectuó en una Argentina sumida en la dictadura militar. En este contexto se disputó un partido entre la selección local y la de Perú —país igualmente sometido al yugo marcial— que, hasta hoy, sigue motivando polémica: se especula que, por acuerdo entre los respectivos dictadores, algunos incas se entregaron para ofrecer una exhibición deplorable y permitir seis obuses. Goleada de 6 a 0 que aseguró, sorpresivamente, el pase de la anfitriona a la gran final, dejando fuera, por diferencia de goles, a la invicta verdeamarela, integrada por figuras como el mencionado Dirceu, Leao, Zico, Amaral, Toninho Cerezo y Roberto Dinamita.
En el encuentro por el trofeo, la albiceleste justamente ganó 3 a 1 a Holanda en tiempos extras, en el Estadio Monumental del River Plate. La anaranjada, sin Cruyff, conservando la base de cuatro años atrás y con algunos nuevos elementos como Nanninga, repetiría dignamente de subcampeona mundial.
Al frente de Argentina estaba el joven César Luis Menotti —que a inicios de los noventa entrenaría a México, siendo un parteaguas para la evolución positiva del futbol azteca—, muy talentoso y carismático director técnico de una escuadra conformada por jugadores eficaces y efectivos: Fillol, Gallego, Tarantini, Houseman, Passarella, Ardiles, Bertoni, Ortiz, Olguín, Larrosa, La Volpe —arquero que llegaría al Atlante—, Luque —con un paso posterior por el Tampico Madero— y el matador Kempes, el líder y goleador. Estos deportistas alzaron la primera copa del mundo para su país, lo cual fue distractor momentáneo de las terribles violaciones a los Derechos Humanos cometidas por la dictadura militar, que aspiraba a su legitimación con sustento en la organización del torneo y la obtención del campeonato. Victoria que, en ese lamentable escenario político, sin duda también fue un bálsamo para el hermano pueblo argentino.
De mi primer Mundial ya con plena conciencia guardo, pues, tristes recuerdos, porque Argentina 78 simbolizó una sacudida tremenda para la infancia de mi generación: ¡nos hizo perder la inocencia! En este caso la futbolística, merced a la terrorífica participación mexicana que nos ubicó en el último lugar de la contienda y reveló los magros alcances del combinado nacional de entonces.
Con el transcurrir de los años me volví resiliente ante las desventuras que seguiría sufriendo en el balompié, al igual que objetivo y frío al analizarlo, evitando hacerme falsas expectativas tanto con el Cruz Azul, que tan solo en el presente siglo ha perdido ocho finales —algunas de ellas en episodios inverosímiles que bien pudieron salir de la imaginación de Juan Rulfo, porque se trata de juegos extraídos del realismo mágico—, como con nuestra Selección, que en Qatar 2022 no logró superar siquiera la fase de grupos, lo que sí venía haciendo desde el Mundial de Estados Unidos 94.
De tal suerte que en la antesala del Mundial 2026 —el cual se vivirá en México, Estados Unidos y Canadá—, y recordando al vate Ricardo López Méndez junto con la aguda inteligencia del inolvidable Fernando Marcos, me pongo de pie para cerrar con un editorial de cuatro palabras:
¡México, creo en ti!
Post Scriptum
Al encontrarme concluyendo este texto, ¡Cruz Azul ha alzado la copa por décima ocasión! Con plenos merecimientos y buen futbol, en la final superó 2 a 1 a los queridos Pumas de la UNAM, anotando en tiempo añadido y, con esto, dejando atrás las cruzazuleadas que otrora tanto lastimaron mi honor y corazón.
Además, auguré que, en el segundo lapso, entraría Jorge Rodarte, aguerrido defensa y orgullo de Zacatecas, y sería partícipe clave en la victoria, ¡como lo fue provocando la jugada del gol del triunfo!
Este vaticinio me permitió sanar una extraña e irracional sensación de ave de mal agüero, que me carcomía desde que estuve presente en el estadio en varias de las finales de los últimos veinte años.
Los festejos por el nuevo campeonato de miles y miles de mujeres y hombres de todas las edades en el Ángel de la Independencia, en la avenida Reforma y en muchas otras plazas del país han sido memorables y revelan que la Máquina Azul es grande y capaz de generar amor, empatía, lealtad y resiliencia.
Por lo mismo, es justo celebrar y reconocer estos últimos cinco años que, como consecuencia de una gestión ordenada, pertinente y comprometida de su actual presidente Víctor Velázquez y la directiva, Cruz Azul ha recuperado plenamente su dignidad, su orgullo y su pertenencia a la clase trabajadora, honrando su naturaleza de cooperativa.
Y pinta para ser un equipo que marcará otra época de gloria y honor en el futbol mexicano.
¡Sí, Cruz Azul es una pasión! A la manera de una escena fenomenal relativa de la estelar película argentina El secreto de sus ojos: en efecto, se puede cambiar de casa, familia, religión o gustos, pero jamás se puede cambiar una pasión.
Agradezco al Supremo por este campeonato que me ha hecho vibrar como en los setenta, y porque seguramente desea que yo cumpla las seis décadas con las menores cargas emocionales posibles.
Mas sé bien que Dios tiene asuntos de suma importancia por resolver y que no debo distraerlo con nimiedades. Aun así, estoy pensando seriamente en pedirle de hinojos que el próximo Mundial sea el mejor para México y otro título y pronto para el Cruz Azul, ahora enfrentando al acérrimo rival amarillo.
Ello me daría paz deportiva suficiente para continuar de lleno en el tercer tercio de la faena de mi existencia.
Después de eso, cualquier alegría adicional que me llegase a deparar el futbol sería simple exceso de felicidad.
Madrugada del 25 de mayo de 2026,
regresando del Ángel de la Independencia.
